Agua

Había llegado por el camino de siempre. Surcando cañas, tajeas, rocas vivas, tierra mojada a la que se adhería con pies seguros. El aire iba llegando poco a poco, desde lo alto podía sentirlo, el aliento del mar, la brisa violenta que ascendía hasta su encuentro.

Siempre se sorprendía de la belleza de ese camino, tan transitado en el pasado, desde que tiene uso de razón. Y aún así, tan nuevo cada vez, tan vivo. El agua del suelo y el agua del cielo, y a lo lejos la inmensidad, el agua interminable del mar. Todo estaba mojado. No había ni un alma en la playa. Apenas el restaurante cerrando sus puertas, con las sillas vueltas hacia arriba sobre las mesas, una fregona pasando sobre el piso; todo estaba mojado.

Le sorprendió la pita de ese coche, la pita seguida del bramido de aquel hombre, indignado por la velocidad de su precedente. Cuánta prisa tiene la gente aquí, pensó, qué poca paciencia. Llegaba tarde para su ensayo. Una hora tarde.

No había café. En el bar, no había café. No tomó nada, se puso a observar las tiendas de souvenirs, las gafas de sol, los pañuelos, las sombrillas. Hacía un buen día. Todo parecía en orden. Un día cualquiera. El director no la había reprendido por llegar tarde, estaba terminándose una cerveza, cigarrillo en mano, hablándole de sus nuevos proyectos. Le transmitía una tranquilidad, una seguridad y una simpatía desde que era pequeña, desde que ensayaba con su madre y ella aprendía viendo.

Las olas empujaban la orilla hasta el mismo muro desde el que las contemplaba. Las olas rompían y se alargaban hasta llegar a ella, dejando una blancura inmensa, que se sobreponía el tiempo justo para volver a ser abrasada por la siguiente. El aire, cargado de gotas saladas, llegaba hasta su cara, se metía por sus narices, inundaba sus pulmones, y era devuelto para confundirse con la orilla y con las nubes. El viento traspasaba todos sus poros, se colaba en sus pensamientos y los ensalitraba, les dejaba ese gusto a mar que era más una sensación de espacio abierto; acariciaba su pecho, ¡cómo acariciaba su pecho!, se metía directamente por el esternón y barría todos los desplomes, vaciaba todos los suspiros, regeneraba todos los sabores de su sentir. 

Había sido una mañana muy productiva. Se metió más que nunca en el personaje, lo emocionó, lo resquebrajó, lo recompuso y lo afirmó, al tiempo que ella misma se emocionaba, se resquebrajaba, se recomponía y se afirmaba. Cuando terminó lo miró. Nunca antes lo había visto así, con ojos tan húmedos, tan cercanos. Sintió que su diferencia de edad se disolvía, sintió una cercanía con su alma, con su voz grave, con su sonrisa abierta. Él se acercó y empezó a modificar su postura, a levantar su pecho, a mover sus brazos. Tan cerca se quedó, que no se dio cuenta cuando su rostro pasó sobre su cuello, cuando el movimiento de su cuerpo se ralentizó y empezó a sentir su corazón vibrante, su cuerpo palpitar, un calor que surgía y los acercaba cada vez más. Se encontraron sus ojos, brillaron con profundidad, él acarició su pelo, ella sintió su olor, se dejó abrazar por su olor y por sus brazos, y tomó la iniciativa de acercar sus labios, presa de una emoción que nunca había sentido antes por él. En ese mismo momento cerró los ojos, y entregada el encuentro notó cómo caía sobre su cuerpo, mojando desde sus labios hasta sus pies, un montón de agua templada que bien podría haber llenado una bañera. El suelo quedó encharcado y ella, de repente sola en el apartamento, empapada por una abundante agua que al tiempo la devoraba y la acariciaba, tocó sus labios, tocó sus senos, se restregó su cara y le pareció que aún sentía su olor en el pelo.

Sin premeditación saltó el muro y se quitó la ropa. El viento frío erizó su piel. Veía su imagen cuando el mar se levantaba, antes de romper contra sí mismo. Se dirigió a su encuentro, sabiendo que supondría su disolución. El mar, con su salvaje respiración, la había dejado sin pensamientos, sin identidad, y pronto la dejaría sin cuerpo.

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