El fin de los tiempos

Mike lo golpeó con una barra de hierro y el hombre cayó muerto.

Cayó así, sin vacilación, como se desploma una carta de póker, como si fuera la misma barra que se derrumbaba en lugar del hombre de carne y hueso.

Siempre había tenido impulsos violentos, desde niño. Normalmente ocurrían en su imaginación mientras la realidad seguía su curso sin percatarse de sus pensamientos. Imaginaba, mientras hablaba con su jefe del almacén, que le escupía a la cara, y que luego le propinaba tremenda paliza hasta dejarlo sin aliento. No había un motivo específico para tales arrancadas. Simplemente venían, él se regodeaba en ellas, anhelaba su ejecución, pero normalmente tenía la templanza suficiente para no ejecutarlas.

Aquel día fue diferente. Tuvo una pesadilla en la que el mundo se acababa, y él moría sin llevar a cabo sus deseos más íntimos. Si todo iba a acabar, se dijo, ¿qué mas da de una forma que de otra? Por las escaleras del rellano insultó a la portera como nunca había hecho antes; ella se quedó pasmada, tanto, que no pudo ni responder. Nunca le había caído bien, pero hasta entonces, todos los pensamientos de violarla y estrangularla luego habían quedado ahí, como una fantasía.

Llegó al almacén. Por suerte para él, su jefe no estaba aquel día. Empezó a trabajar como de costumbre, llevando el material a los camiones de carga y atendiendo los pedidos. Así iba sucediendo la mañana mientras el odio interno de Mike contra el mundo se acrecentaba y pensaba de qué manera podría satisfacer por fin su imperativo de destrucción; en esas estaba cuando apareció un cliente. Normalmente los clientes no aparecían por el almacén, pero le habían dado la dirección para reclamar un pedido que hacía semanas que no llegaba.

– Disculpe, ¿es aquí el almacén de la tienda Atefuer?

No necesitó más. Era la persona idónea, la oportunidad perfecta para llevar a cabo el sueño de su vida antes de llegara el irremediable final.

Mike lo golpeó con una barra de hierro y el hombre cayó muerto.

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