La ciudad sin luces

Ella salía a caminar, cada noche, sin descanso.

Las luces de la ciudad estaban apagadas, cada noche, sin descanso.

Había algunos momentos en que alguna farola vislumbraba una tenue luz. Entonces ella se paraba debajo en la esperanza. Pero la luz de una farola en aquella ciudad no era suficientemente fuerte, y por lo general no duraba mucho antes de volver a apagarse y dejarla en la penumbra conocida.

Ella caminaba cada noche sin tregua, sin destino, sin compañía. Era una especie de vagar sin rumbo, un deambular tranquilo y desesperado a la vez.

No era la única que frecuentaba las calles de almidón cuando llegaba el ocaso. Había más como ella, pero no se molestaban entre sí. No hablaban, no se miraban. Sólo se sentían pasar, se reconocían. De alguna forma, sabían que no estaban solos, pero tenían la soledad demasiado arraigada para entablar relación, apenas una conversación. Simplemente sabían que había más como ellos, vagueantes nocturnos en la ciudad sin luz.

Recordaba los tiempos en que tenía un cuarto, y un amigo. Los echaba de menos, a los dos. Cuando tenía un cuarto, no tenía que salir por las noches. Descansaba en él. A su amigo lo veía a menudo, y en la intimidad lo amaba. Pero todo aquello quedaba muy lejos ahora, inalcanzable, indefinible.

Hubo un día en que la ciudad estaba alumbrada. Se veían las calles al pasar, y había mucha gente que disfrutaba de la noche. Hacía tiempo que la ciudad había quedado desolada para ella, que no veía a nadie, que las farolas habían dejado de funcionar.

Dejó su casa un día sin retorno. Tenía una familia a quien veía por el día, pero por la noche estaba sola. Contaba las horas de sol como el tesoro más preciado, pero la noche era inexorable. No había un solo día que no tuviera noche. No había una sola noche que ella no tuviera que vagar por las calles que una vez tuvieron vida.

No sabía si le gustaba hacerlo, más bien no tenía opción. Un buen día la ciudad se oscureció al llegar la noche, y fue hace tanto tiempo que ya se había acostumbrado. Lo que más le molestaba era no tener compañía. Pero no podía tenerla; si la tuviera, quizá, el alumbrado público seguiría funcionando para ella. Pero no funcionaba, y tampoco soñaba más en que lo hiciera. Había dejado de soñar, ahora tan solo vagabundeaba y observaba los bancos vacíos, la basura del suelo, los nombres de la calle que apenas podía leer; recordaba algunas esquinas y otras, las olvidaba.

Cada noche al caer el sol, ella salía a caminar hasta la mañana siguiente, cuando un gran silencio se apoderaba de su garganta y observaba cómo la ciudad se llenaba de gente con quienes no podía, ni quería, hablar. Ellos no sabían lo que era vivir en la ciudad sin luces por la noche, y aunque lo intentara, no le salían las palabras. Observaba desde lejos, como desde una esfera perdida del cosmos, y ya no sabía si le gustaba más la ciudad atiborrada de seres extraños o la ciudad tranquila y desolada de los vagueantes nocturnos. 

Todos estamos solos, pensó, lo que algunos no se dan cuenta, y ese pensamiento la estremeció.

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