Sobre la soledad

Es un hecho indiscutible que todos estamos intrínsecamente solos. A veces esta condición pasa desapercibida, pero siempre está ahí. Ante el derrumbe de una mente, por ejemplo, pasa a ser algo más tangible. Pero incluso el más exitoso en términos mundanos, se encuentra solo. O mejor dicho, se encuentra solo con su mundo interior. A veces pareciera que la vida pasa más apaciblemente junto a otras personas, pero también a veces estar solo puede resultar una bendición. Muchas veces intentamos obviar ese pequeño detalle relacionándonos con otras personas, teniendo pareja, estando acompañados a toda costa. Es un mal de la humanidad creo yo que se soporte tan poco la soledad. Cuando, de hecho, es la única compañía que nunca nos abandona, la propia, y sería positivo para nosotros mismos llevarnos bien con ella. Pero muchas veces… le echamos de comer cualquier cosa antes que topar con esa realidad. Todos estamos solos en la intransferibilidad de nuestra existencia. Cierto es que somos sociables por naturaleza, que el contacto humano nos hace bien, nos alegra, nos ubica. Pero, ¿por qué será que escapamos a un encuentro más íntimo con nuestro propio ser? El cual, es en soledad donde se explaya. Nos deja ver qué colores bañan nuestra alma, qué monstruos ha creado por el camino. Nos deja ver cómo se encuentra nuestro mundo interior, si hay algo que sacar de ahí o si, por el contrario, está ávido de consumir más situaciones y experiencias para eludir el hecho de que no hay nadie ahí dentro. A veces, creo, que abandonamos un poco ese mundo nuestro y lo dejamos hasta sin nosotros mismos. Esa falta de contacto con nuestra más absoluta soledad, esa continua distracción del hecho de que me hallo tan solo conmigo misma y ni con lo puesto, pues es algo demasiado variable y circunstancial, nos mantiene a veces en dependencia extrema con el exterior. Cuando las luces se apagan y nos vamos a dormir, independientemente de quien esté a nuestro lado, estamos solos. Cuando llegue el momento de abandonar este mundo, independientemente de lo que hayamos vivido, estaremos solos. ¿Qué riqueza o qué pobreza podemos extraer de ese hecho? Quizá para algunos sea una pobreza; para mí es una riqueza, saber que la fuente de la que mana mi vida no se encuentra fuera en los acontecimientos o en las compañías, sino dentro de mí misma. Una vez una amiga me preguntó algo, si el mejor o los mejores momentos de mi vida se habían producido estando sola o acompañada. Yo tuve claro que habían sido estando sola, y ella, en compañía. Hay personas para todo en este mundo, no creo que nada sea mejor que nada. Hay vivencias que solo se pueden vivir acompañado, pero hay otras que solo se pueden vivir en soledad, y que no dependen de nadie sino de ti. Es la riqueza que todos llevamos dentro y que, a veces, parece querer evadirnos con sus múltiples vacíos a los que nos lleva una sociedad basada en el consumo y la distracción. Pero es nuestra riqueza, la que requiere que disipemos el ruido que en ocasiones baña nuestra mente con cosas pasajeras y superfluas. El único que permanece aquí soy yo, pase lo que pase, llueva o haga sol, el que hará un día recuento de lo vivido y se despida de aquello a lo que amó; que tu mejor compañía seas tu mismo y tu mejor aliado la soledad, para que ese mundo interior sea un rico jardín que compartir con los demás.

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