Un minuto

La sintió llegar.

Estaba tumbado en el sillón frente a la tele, como cada noche. Miró el reloj, las 4.32 de la mañana. Le costaba respirar.

La sintió asomarse desde la puerta, su cuerpo se estremeció. Quiso buscar un escape, y miró la foto de su nieta que tenía enfrente. Pensó en ella. Ojalá hubiera tenido más tiempo para dedicarle, para demostrarle lo importante que era para él. Ella era, a sus ojos, libre, dueña de una libertad inaudita en su familia, y en ella veía reflejados todos los deseos desconocidos e irrealizados de su vida. Cada vez que la miraba, se regocijaba profundamente de ver en su estirpe renacer la vida plena.

Volvió a notar su presencia, un poco más cerca. Estaba solo. Aunque detrás de él dormía el cubano, por más que su trabajo fuera quedarse despierto, estaba solo. Se dio cuenta cuán solo estaba existencialmente en un momento como ése, como el que no habrían dos, por mucha gente que pudiera haber a su alrededor, y se resistió. Le entró un profundo deseo de escapar, de eludir su destino, pero no podía moverse. ¿Y a dónde iría que ella no lo alcanzara? Podía sentir cómo se acercaba lenta y segura, sin piedad.

Con la mirada fija apretó sus manos contra el sillón, y sintió miedo y tristeza. ¿No le diría adiós a nadie? Pensó en despertar al cubano, pero lo descartó de inmediato. Después de todo sabía que ése era un momento trascendente que debía vivir en soledad. Pero estaba asustado.

Todo su cuerpo se contraía, y luchaba para que no se le cayera la cabeza hacia adelante. No quería derrotarse antes de tiempo, y luchó para mantenerse erquido, todo lo erguido que podía, hasta que ella llegara e irremediablemente lo encontrara. Luchando hasta el final. Se había acercado lo suficiente para sentir su olor, un aroma indescriptible, a la vez frío y caliente, suave y penetrante, totalmente nuevo para él.

Con el agobio que tenía le costaba mucho respirar, quiso que llegara rápido, sin enterarse, pero no pudo acelerar su acercamiento con su deseo, y la sintió a dos pasos del sillón, riéndose, mientras él se retorcía interiormente.

¡Cómo escapar, si no podía moverse! No había pensado mucho en este momento, pero le hubiera gustado vivirlo relajado, con templanza de espíritu, sabiendo que encontraría algo mejor en el más allá. Pero lo cierto es que estaba acojonado, y no sabía que encontraría nada. La conciencia de abandonar todo lo conocido le contrajo el estómago y le dieron ganas de vomitar, pero ni un ápice de su cuerpo se movió.

La presencia se quedó parada a su lado, tocando su brazo. Ya no reía. Sintió cómo su brazo empezaba a entumecerse y ligerarse, mientras su ahogo se hacía más pronunciado.

En ese instante se vio a sí mismo de niño, corriendo por la casa como loco, presa de la emoción por un juguete nuevo que le habían regalado. Corría con él en brazos, un tren de madera, lo agitaba en el aire, y al acabar el pasillo, la vio. Allí estaba ella, sentada en la escalera, observándolo sonriente. En ese momento no sintió miedo, porque vio quién era, una niña como él. Olvidó su tren y la miró, seguía presa del entusiasmo, y un deseo de abrazarla hizo que se avalanzara hacia ella. En ese momento sintió cómo se metía en su cuerpo, cómo descansaba por fin su ahogo y una enorme y profunda paz lo inundaba. Observó el rostro más bello que había visto nunca y se dejó fundir en él. Se sintió cerca de todo, cerca de sí mismo, y con ese entusiasmo se fue brincando de alegría, abandonando su cuerpo enfermo y cansado, abandonando el mundo entero, abandonándose a lo que comenzaba a conocer.

En ese mismo momento el cubano despertó sobresaltado: había dejado de escuchar la respiración de Francisco. Miró el reloj, eran las 4.33 de la mañana.

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